El otro Picasso que decoraba un cine porno


Publicado el domingo 13 marzo 2011


La historia del arte está plagada de casos en los que cotizadas obras aparecen en los lugares más insospechados, pero el rocambolesco enredo de los frescos que el cántabro Luis Quintanilla pintó para el pabellón español de la Exposición Universal de Nueva York en 1939 se lleva la palma. El relato comienza en 1990, pero nos obligará a avanzar y retroceder en el tiempo varias veces y nos encontraremos con personajes en principio tan dispares como Juan Gris, Santiago Carrillo, Woody Allen, Alfonso Guerra, Gary Cooper o el dueño de un famoso cine porno-gay de Manhattan.

Ese año, cuando este exhibidor cinematográfico decidió desmantelar su local de proyecciones ante la escasa afluencia de público, alguien le advirtió de que los frescos que exhibían sus paredes eran una importante obra de arte relacionada con la Guerra Civil Española. Se trataba de los frescos de Quintanilla, una serie de cinco obras titulada Ama la paz. Odia la guerra a la que se le había perdido el rastro 50 años atrás.

Lo crean o no, el principal responsable de que una obra destinada a representar a España ante el mundo terminara decorando las paredes de un cine porno neoyorquino fue Franco. Así lo constata el documental Los otros Guernicas, escrito y dirigido por Daniel Álvarez e Iñaki Pinedo, que se presenta mañana en Santander. «El objetivo del documental, que es el último de una trilogía sobre la memoria histórica, es abordar lo que supuso el exilio para la cultura española. Contar la peripecia vital de Quintanilla es una reivindicación de la recuperación de la memoria», explica a Público el director Iñaki Pinedo.

Vayamos pues al origen. Luis Quintanilla nació en Santander en 1893. De familia aristocrática, a los 18 años se trasladó a París, donde Juan Gris le tomó como uno de sus protegidos. Se instaló en Madrid en 1916, donde entró en contacto con algunos de los futuros líderes de la II República, como Negrín, Álvarez del Vayo o Araquistain. Su red de relaciones era de altura: en uno de sus viajes a París instruyó a Hemingway en materia de cultura popular española.

Con la llegada de la II República, se afilia al Partido Socialista. Al mismo tiempo, sigue desarrollando su arte y pinta los frescos del Monumento a Pablo Iglesias y de la Casa del Pueblo de Madrid. «De ese mural, en la calle Piamonte, 5, ya no queda nada», recordaba ayer Santiago Carrillo, una de las voces del documental. «Quintanilla era un personaje muy altruista y solidario. Se unió a nuestro movimiento desde el primer día», señaló el político.

Un taller revolucionario

El ex dirigente comunista se refiere al comité que dirigió las revueltas de octubre de 1934, que estableció su sede, precisamente, en el taller de Quintanilla en el barrio de Argüelles. Allí les detuvieron a todos en la noche del 7 de octubre. «En la cárcel tuve una relación muy íntima con él. Hizo algunos dibujos de nosotros, que se acabaron publicando en un libro. Él estuvo preso varios meses, pero era muy conocido en círculos artísticos en EEUU y Europa y hubo una presión muy grande para que lo liberaran», recuerda Carrillo. Entre otros, Malraux, Hemingway y Dos Passos escribieron cartas de protesta por su arresto.

Los retratos que hizo a sus compañeros de celda eran bastante más amables que las caricaturas que dibujaría años después de los cabecillas del régimen franquista, que se publicarían en el libro Franco’s black Spain. O de la que le hizo a Marlene Dietrich en Hollywood, tan grotesca que le costó su amistad (y, al parecer, algo más). Pero eso ocurrió después, en los años dorados de Quintanilla en América. Antes luchó en la Guerra Civil: participó en el asalto al Cuartel de la Montaña y fue uno de los directores de operaciones en el asedio al Alcázar de Toledo. «El solía decir: muy mal tienen que estar las cosas para que envíen a un pintor a dirigir esto», señala Daniel Álvarez, guionista del documental.

En 1938 se traslada a Nueva York y el Gobierno de la República le encarga los frescos del pabellón de España para la Exposición Universal, como había hecho el año anterior con Picasso, que entregó el Guernica. «Quintanilla tiene muchos paralelismos con Picasso. Es más, él fue quién recomendó al pintor malagueño para la Expo de París. Finalmente, Picasso se convierte en un icono y Quintanilla desaparece. Para muchos artistas, el camino del exilio fue su olvido», afirma Iñaki Pinedo.

Franco ganó la guerra y ordenó requisar (y si era menester, destruir) las obras del pabellón español. Quintanilla difundió entonces la noticia de que una inundación en el almacén donde estaban guardados había arruinado los frescos. Sin embargo, 50 años después aparecen, con aparentes desperfectos, en un cine porno-gay de Nueva York. ¿Cómo llegaron hasta allí?

Si seguimos el rastro de Quintanilla en años posteriores, nos lleva lejos de la Gran Manzana. El pintor se fue a Hollywood, donde trabajó como decorador de películas y se codeó con el star-system: se hizo amigo íntimo de John Ford, le regaló una de sus pinturas a Arthur Miller y Marilyn Monroe en su boda y le hizo un retrato a Gary Cooper. «Pero en 1945, cuando se acaba la II Guerra Mundial y los aliados no tocan a Franco, él se viene abajo. Acaba teniendo problemas con el alcohol y sus obras se van quedando sin público», relata el director.

Sus frescos seguían en el local de Nueva York, que en aquella época no proyectaba películas X para gays, precisamente. Al ser descubiertas en 1990, se supo que había sido sede de un grupo antifascista, lo que explicaría que las pinturas aparecieran allí. Lo más curioso es que en los años sesenta, era un cine de arte y ensayo, frecuentado por gente de la cultura como Woody Allen y que acabaría apareciendo en algunas de sus películas.

Si Allen había rodado en ese cine, tenía que recordar los frescos. Los responsables del documental viajaron a Nueva York para entrevistar al director, que es, con permiso de Carrillo, la gran estrella del documental. «Nos dijo que recordaba los frescos y que en aquella época había oído hablar de Quintanilla, al que llamaban el Artista soldado, pero nunca le conoció», dice Iñaki Pineda.

Finalmente, los frescos volvieron a Santander en 2007 tras una ardua negociación. «Curiosamente, la empresa que los transportó fue la misma que transportó el Guernica a Madrid en 1981», concluye Daniel Álvarez. Historias paralelas, pero tan distintas.

Via | La Voz De Asturias

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